domingo, 17 de septiembre de 2017

Crónica de un viaje alrededor de los Alpes, parte 2

Eran poco menos de las seis de la mañana cuando puse una rueda en carretera. El sol se intuía detrás de los campos de girasoles y maizales que bordeaban el aeropuerto, la neblina instalada en la zona refrescaba el aire y diría que seguramente me despertó más rápido que el café recién tomado. Poco a poco mis piernas fueron cogiendo el ritmo para mover la pesada carga que llevaba detrás. Cada año siempre intento aliviar el peso de las alforjas quitando en el último momento cosas pero aun así, acabo llevando cosas que no utilizo en todo el viaje. De los dos calzoncillos que llevé, uno de ellos me sobró claramente. No porque le fuese dando la vuelta a uno de ellos y el otro fuese de adorno. Si no porque en verdad creo que me puse un calzoncillo solo el primer día y otro cerca del final cuando visité Arlés. De diario iba en modo comando con el pantalón de deporte que ya lleva huevera. Llevar calzoncillo y huevera en una bici me resulta increíblemente incómodo ya que cuando estás una media de siete a ocho horas pedaleando todo el día llevar dos prendas ahí abajo significa que vas a tener cuatro rozaduras, una por cada lado de la cosita y por cada prenda. No quiero explayarme en cómo se queda la zona cuando llega la noche. Así que desde el primer día había un calzoncillo que sobraba. También sobraba una de las tres camisetas, un par de calcetines y el pantalón corto de vestir. En total un kilo aproximadamente que podría haber llevado de jamón, chorizo o lomo, craso error. Pero bueno, ya estaba pedaleando y más o menos a gusto sobre la bici, sobre todo feliz de poder alejarme del aeropuerto y del pequeño Abdullah, deleitándome en lo bien que iba a dormir esa noche en el camping, o eso pensaba yo.

Dos años atrás había hecho parte de la ruta de ese mismo día escapando de las proximidades del aeropuerto ya que dos años atrás había ido a Grenoble a hacer un curso de francés en el mes de Julio, y como esta vez había volado a Lyon y con la misma bicicleta así que tanto mi fiel rocinante como yo sabíamos la ruta de escape. Fui recordando los primeros pueblos que me encontré por el camino y la panadería donde dos años atrás compré el primer croissant del día. Al cabo de una hora y media el efecto del café estaba sucumbiendo ante el cansancio de una noche sin apenas dormir y como había recorrido casi la mitad de lo que tenía que recorrer ese día, unos treinta kilómetros en total, me paré en Cremieu para otro café. Cremieu, un pueblo medieval que conservaba parte de su muralla defensiva así como un castillo en un cerro.



Fui buscando la plaza del pueblo donde posiblemente me servirían el café más caro de la zona pero tendría derecho a la vista del ayuntamiento que acostumbra a ser el edificio más bonito. Con gusto pagué el precio ya que la plaza del pueblo mereció la pena, además en la plaza del pueblo aparte del ayuntamiento y la oficina de turismo había un convento de los agustinos cuyo claustro se veía a través de la verja.




Igual de asombrado, aunque no por las vistas, quedó una señora que a esas horas se había levantado para limpiar las contraventanas de su casa, ya que desde que entré en la plaza hasta que salí de ella no dejó de mirarme pensando que qué haría yo en un pueblo como ese a esas horas de la mañana. Y no le falta razón ya que supongo que igual de sorprendidos se quedaría cualquier lugareño de la Mancha o de cualquier zona por la que no pase el Camino de Santiago y se encuentre a las ocho de la mañana a un chaval en una bici que parece un burro de todas las alforjas que lleva.

Al salir de Cremieu nada me hizo pensar que volvería a pasar por aquel pueblo. Pero ahí estaba Murphy vigilando siempre y dispuesto a intervenir cuando y donde hiciese falta. Y así lo hizo, nada más salir del pueblo, llevaría tres kilómetros y me faltaban doce para llegar al camping, pinché. Pinché después de no haber sufrido un pinchazo en un año. Pero claro se lo había dejado muy fácil a Murphy. Y es que le había puesto en bandeja que estaba muy cansado, que llevaba parches que tenían más de cinco años y cuyo pegamento ya no pegaba y era poco menos que baba, que la cámara de repuesto que llevaba era de válvula gorda en vez de válvula fina, la cual es la única que podía utilizar con mis llantas y que además era día de diario y no había muchos ciclistas en la carretera. Pues claro Murphy pensaría “¡Esta es la mía!” Y hubiera sido la suya si no llega a pasar por allí un jubilado, ¡benditos jubilados curiosos! Un abuelete llamado Vincent de 68 años pasaba con su bicicleta por allí mientras yo me cagaba en todo lo que se me ocurría por ser tan tonto de no revisar parches y cámara antes de empezar el viaje. Al verme apurado y con un cabreo severo se me acercó y me preguntó si necesitaba ayuda. En ese momento había terminado de pegar el parche baboso que tenía en el agujero por el que salía el aire, ¡porque atención¡ No era un pinchazo, simplemente la cámara era más vieja que Carracuca y lo único que necesitó para abrirse fue que Murphy le diese su toque mágico o un buen bache si no creéis en Murphy. Estuvimos hablando un rato mientras terminaba de volver a montar la rueda trasera en la bici y comenzaba a inflarla, pero no había llegado a la mitad de la presión idónea cuando el parche, como era de esperar, saltó y volvió a dejar el agujero abierto. El bueno de Vincent, apurado de verme con todas las cosas desperdigadas por la cuneta de la carretera me dio su cámara de repuesto y me aconsejó volver a Cremieu a comprar parches y otra cámara por si me volvía a pasar. Con su ayuda volví a desmontar la bici y a montar su  cámara en mi rueda trasera, y siguiendo su consejo volví a Cremieu.


De nuevo en el pueblo los viejetes que ya habían estado sentados en la puerta del bar cuando me fui debieron de pensar que me había perdido. Siguiendo las indicaciones de Vincent fue en verdad cuando me perdí porque el pueblo aunque era pequeño todas las calles se me parecían así que vi la luz cuando encontré a un policía y le pregunté dónde estaba la tienda de bicis, y el viendo que ya estaba perdido me acompañó hasta ella. De camino le había dicho al policía que lo que quería era comprar una cámara de aire, “camera” le dije y él asintiendo me dijo que sin problema, que su amigo el de la tienda tenía. Al llegar él hizo de intermediario y le dijo lo mismo para después irse. La tienda tenía de todo, era pequeña pero muy completa, el dependiente me dice que concretamente no tiene lo que quiero, que de esas cosas no solía tener en existencias pero que él la pedía por Amazon y que al día siguiente le llegaban. A mí no me entraba en la cabeza que no tuviera cámaras con todas las bicis que tenía en la tienda y con la cantidad de artículos que vendía. Pero bueno me decía que no tenía y que la siguiente tienda para comprarlas estaba bien lejos y como no quería tentar a Murphy pues pensé que podía quedarme en el camping del pueblo y recogerla mañana. Así que acepté y mientras está pidiéndola por internet me dice que me acerque a ver cuál quiero, y yo pensando que no puede haber mucha diferencia entre unas y otras y cuando me gira el monitor del ordenador veo que tiene en pantalla cámaras de vídeo deportivas. Eso explicaba todo, el porqué de que no tuviera en tienda lo que le había dicho. Entonces le indiqué que mi GoPro funcionaba perfectamente que lo que quería era la "cosita" que iba dentro de la rueda, y él me dice que eso es una “chambre à air” lo que traducido literalmente es “habitación de aire”. Después de unas risas me dice que tampoco tiene para el tamaño de mi rueda pero que tiene parches muy buenos y que además me regala una cámara usada pero en perfecto estado. Así que al final salí de la tienda con dos cajas de parches, la cámara regalada y una nueva expresión en mi vocabulario. Me despedí de mis fans de la tercera edad y salí finalmente de Cremieu, ya directo y sin percances hasta el camping “Les 3 lacs du soleil” de Trept.

Crónica de un viaje alrededor de los Alpes, parte 1

No me gustan los aviones, no me gusta volar, me pone muy nervioso el traqueteo del avión al despegar, esa sensación de no ir totalmente paralelo al suelo cuando el avión está cogiendo altura. Además en ese tiempo entre el que despega las ruedas del suelo y logra estabilizarse cualquier pequeña bolsa de aire hace que se me encoja el estómago como cuando estás en una montaña rusa y notas que tu cuerpo está bajando a una velocidad y te da la sensación de que tu estómago aún no ha cogido la misma velocidad, supongo que en verdad son los ácidos dentro del estómago los que producen esa sensación de ir a una diferente velocidad y que se te encoja el alma.

De cualquier manera estaba ya montado en el avión y me había tomado mis correspondientes pastillas para los nervios para poder volar. Ese día además no cometí el fatídico error de tomarme una cerveza comiendo mientras esperaba el avión. Error que había cometido justamente un mes antes cuando volaba hacia Toulouse para asistir al festival Rio Loco. Ese día estaba igual de nervioso y pensando lo tenso que estaba me tomé la cerveza, olvidando por lo tanto que las pastillas no se podían mezclar con alcohol. A punto estuve de no volar por miedo a que las pastillas y el alcohol se mezclasen produciendo un efecto secundario y dándome aun mayor ansiedad. Por tanto si quería ir al festival tenía que volar sin las pastillas. Así que me fui mentalizando y estuve todo el tiempo desde que me tomé la cerveza hasta que me monté y me bajé del avión diciéndome a mí mismo “échale huevos” y repitiendo tres canciones seguidas, algo más de tres horas estuve así, la verdad es que no me sirvió de mucho porque volé con el corazón en un puño y repitiéndome a mí mismo que si me volvía a pasar lo de la cerveza o no iba al festival o iba por tierra aunque hubiera pagado el billete.




Un mes más tarde, en el aeropuerto otra vez, en el avión, sentado en mi sitio, saqué la caja de las pastillas y me tomé dos de golpe, la que me tocaba esa vez y la anterior, no iba a haber sustos esta vez y además no solo estaba nervioso por el avión sino por el viaje en general. Los viajes largos y cualquier cosa que implique salir de mi rutina han provocado siempre dos emociones contrarias en mí, que depende de la cantidad de café que lleve encima afloran con mayor o menor fuerza. Por un lado es la euforia y adrenalina que se desata al emprender una nueva aventura hacia algo que generalmente es desconocido para mí y por otro lado es la duda que me surge de verme capaz a resolver y enfrentarme a todas las dificultades que se presentarán, el miedo a encontrarme solo y a no tener la fuerza mental que se requiere para continuar. En cualquier caso como he dicho antes la adopción de una u otra actitud suele depender de la cantidad de café que haya tomado. Así que conociendo este hecho suelo tener la capacidad de revertir una u otra situación con un cafetito expreso que tanto nos gustan a mi padre y a mí.

No recuerdo a qué hora llegué a Lyon pero era ya bien entrada la noche, probablemente era uno de los últimos vuelos que llegaron porque no quedaba casi nadie en el aeropuerto y todas las ventanillas y tiendas estaban ya cerradas. Durante los días previos al vuelo previendo lo tarde que llegaría había estado mirando lugares donde poder dormir, en el propio aeropuerto había al menos tres hoteles, de los tres solo uno de ellos me pareció aceptable por el precio teniendo en cuenta que yo solo lo quería para dormir unas horas ya que al alba me levantaría deseando salir y comenzar el viaje con la bici, sin embargo también pensé que dormir en el aeropuerto con el saco de dormir y la esterilla no era tan mala idea, no era la primera vez que lo había hecho y tampoco sería la última así que no llegué a reservar ningún alojamiento para esa noche. Pero como ya he dicho todo cambia cuando uno piensa las cosas con café y sin café, o descansado y sin descansar, y esa noche reventado como estaba de la tensión del vuelo pues pensé que no era tan mala idea descansar en una cama y empezar mañana después del desayuno, después de todo no me faltarían días de dormir poco y mal a lo largo del viaje. Así que una vez montada la bicicleta me dirigí hacia uno de los hoteles que había mirado, el más barato del aeropuerto. Sin embargo ya estaréis adivinando que no había habitaciones, evidentemente, esta fue la primera de las muchas veces en las que Murphy hizo valer su ley. Me encanta esa ley, la ley de Murphy, aquella que dice que si algo puede salir mal, saldrá, le suele dar un toque especial a las cosas.

Bueno pues no pasa nada, volví al plan original y gracias a Murphy conocí al pequeño Abdullah, que gracioso… y que cabrón. Me dio la noche, la verdad. Os cuento, eran la una y algo de la noche, el aeropuerto estaba ya bastante silencioso y prácticamente todos los que estábamos en él habíamos decidido reposar nuestros cuerpos, ya fuese cada uno sobre su maleta, un asiento o un pequeño colchón hecho con algún abrigo. Yo llevaba mi saco, esterilla y tienda. La tienda no la monté porque era de piquetas. Pero sí que desenrollé esterilla y saco y me dispuse a echar una cabezada de al menos cinco horas antes de que los primeros vuelos empezasen a embarcar. Tenía un sitio perfecto, un lugar estrecho que no llevaba a ningún lado, de apenas un metro y medio de ancho por tres de largo, lo ideal para meter la bici y taponar la entrada al pequeño pasillo con la esterilla y el saco, una zona poco iluminada y con pocos asientos cercanos. Pocos, pero no los suficientes al parecer, porque al cabo de un par de horas llegó la familia del pequeño Abdullah. Ellos eran cuatro, el pequeño Abdullah de dos años aproximadamente, su hermano de unos doce años, su hermana de otros doce años y su madre. No pierdo la cabeza si la apuesto diciendo que Abdullah era el único que no tenía sueño en el aeropuerto. Dos y solo dos horas me permitió dormir el que se autocoronó rey del aeropuerto aquella noche, Abdullah I de Lyon. El pequeño tirano comenzó su reinado corriendo por el pasillo cercano, gritando y balbuceando unas cuantas palabras mal pronunciadas que solo su madre parecía entender. Cuando Abdullah se alejaba demasiado su madre siempre atenta mandaba alguno de sus otros esbirros a por el rey, el cual expresaba su desacuerdo gritando aún más fuerte y golpeando todo lo que encontraba a su paso, hasta que volvía cerca de su madre donde sus hermanos se desentendían de él y este volvía a explorar todos los terrenos circundantes, creando un bucle en el espacio tiempo donde yo me quedaba medio dormido cada vez que Abdullah se alejaba lo suficiente y volvía a despertarme cuando sus hermanos lo traían. Así pasé otras dos horas, cabreándome poco a poco más conmigo mismo por no haber reservado el hotel cuando tuve tiempo hasta que me di cuenta de que no tenía sentido continuar luchando contra el rey por lo que me levanté, volví a cargar las cosas en la bicicleta y me lancé a la búsqueda de algún sitio para desayunar. Afortunadamente ya estaban abriendo las cafeterías en el aeropuerto, y calculé que en lo que tardaba en desayunar el sol comenzaría a asomarse por los ventanales.


jueves, 18 de mayo de 2017

Historias de un fotón despistao 1

Nací el día de la supernova de la estrella XR01. El día que nací mamá murió. Murió colapsada por culpa de la gravedad ya que no fue capaz de generar una presión interna suficiente para estabilizarse, o algo de eso me ha dicho Kiko. Mis mil billones de hermanos y yo nacimos todos casi a la vez, mi hermano Kiko nació apenas unas millonésimas de segundo antes, y desde entonces le estoy siguiendo. Le sigo porque solo me aburro. Dicen que como somos fotones no tenemos masa y que por tanto no pesamos pero Kiko siempre me dice que no le siga más, que soy mu pesao y que le deje en paz, así que no lo entiendo.

El otro día un agujero negro nos llamó a Kiko y a mi paque nos acercásemos, que quería darnos más energía, una golosina o no sé qué decía, Kiko se acercó un poco pero luego dijo que mejor nos fuésemos, que no hablásemos con desconocidos, así que seguimos palante. Después de haberme desviao de la línea recta ya no sabía a donde iba pero Kiko me dijo que íbamos a ver al tito.

Ya hace dos segundos que hemos entrao en el sistema solar de mi tito Sol. El tito es mu buena gente y aunque siempre les dice a los primos neutrinos que jueguen con nosotros a ellos les da igual y se ponen a atravesar los planetas porque saben que nosotros no podemos. Me da rabia porque yo quiero jugar con ellos pero como nosotros corremos más y ellos son unos rabioso, pos ellos se esconden en los sólidos opacos, y así pos no los encuentro.

Hablando de Paco, el asteroide con el que por poco se choca Kiko ayer por ir de corpúsculo, me pregunto si se habrá recuperao del susto. No entiendo por qué a Kiko le mola más ir de corpúsculo si cuando vas de onda se conoce a los sonidos que son ondas mu simpáticas y además cantan genial. Kiko siempre fue mu materialista, quizás sea por eso. Creo que tendré que preguntarle:

-¿Kiko…
-¿Qué quieres pesao?
-¡Joe, que ya te he dicho que no tengo masa!


lunes, 25 de julio de 2016

La belleza del sur

“La ciudad es bella. Tiene belleza en la vejez de edificios, en el caos de su tráfico y en el bullicio de sus mercadillos” fue la primera sensación que tuve de ella. Llevaba diez días en la ciudad y podía sentir cómo poco a poco mi vida se estaba adaptando a una rutina ordenada dentro del desorden de Sicilia. 



Vivir en un albergue estaba resultando más fácil de lo que pensaba, el hecho de estar conociendo continuamente a gente, que llegaban y partían de diferentes partes del mundo, que compartían sus experiencias conmigo y estaban abiertas a lo que yo pudiera contarles suplía de manera extraordinaria la necesidad de un espacio personal, una burbuja, dentro de aquel ir y venir de viajeros. De cualquier manera, ya había encontrado en esos días lugares a los que poder llamar míos, lugares donde sentirme en paz y libre para poder reflexionar. Lugares como la Biblioteca Nazionale servían a este propósito, con sus techos altos, construida para gigantes, daba una sensación de inmensidad y tranquilidad en el que cualquier suspiro se perdía por los grandes ventanales que daban al claustro del antiguo edificio. Las mesas amplias de madera daban cabida a diez usuarios cada una y sin embargo nunca eran ocupadas por más de una persona. Incluso sentado en mitad de la sala, el respaldo de las altas sillas de madera de los puestos a mi alrededor, generaban en mí una sensación de encarcelamiento, o si no de protección y seguridad ante las miradas escasas y furtivas de los demás usuarios.



No todo en el albergue era bullicio y diversión, es más, predominaba la tranquilidad y la calma entre los viajeros. Como si de una gran familia se tratase, a la llegada de miembros nuevos a la comunidad las presentaciones se realizaban sin timidez. Los huéspedes más antiguos realizaban la labor de cohesión dentro de esta sociedad, presentando y aconsejando a los recién llegados sobre los encantos de la ciudad.

Palermo, la capital de Sicilia, la región más meridional de Italia, era una de las puertas de Europa por donde durante siglos habían llegado inmigrantes atravesando el Mediterráneo desde las costas africanas. Sicilia se había convertido en un país mestizo, donde las raíces cristianas y musulmanas de diluían. Ejemplo de ello era su catedral, la cual presentaba una mezcla de arquitectura árabe y normanda.



En aquellos diez primeros días, el objetivo de mi estancia allí aún no estaba claro. No había visto aún a Cristina y todo apuntaba a que tendría que esperar al menos otra semana más. Como si de una reina se tratase, se hacía de rogar para poder verla. Yo tampoco le reprochaba nada, después de todo era yo quien había acudido a verla sin que ella me lo pidiese. Quizás estos actos en un mundo dominado por relámpagos de información, en el que todo tiene que ser rápido, expreso; los grandes sentimientos no tienen cabida, las grandes historias de amor habían pasado de moda, eran cosas de siglos anteriores, Casablanca no se volvería a repetir y yo estaba allí pretendiendo recuperar un amor efímero de un verano ya acabado.

domingo, 30 de agosto de 2015

Imagine-toi comme une fourmi

Imagine-toi comme une fourmi. Tu ferais parte d’une communauté encore plus grande de celle que tu faites déjà, c’est-à-dire, l’être humain. Tu auras beaucoup des différences avec ton ancien corps, ces différences seraient seulement physiologiques du à que pour cette occasion on gardera tous les attributs qui concernent à la psychologie. Nous aurions six pattes, je dis “aurions” parce que je serais aussi une fourmi. Comme j’avais dit, nous aurions six pattes, par comparaison à notre dernier corps nous aurions deux d’en plus, bon deux… si on considère les bras comme pattes, sinon, ils seraient quatre d’en plus. Mais on doit pas être négatifs, avec ces pattes d’en plus nous aurions plus d’équilibre, je ne serais pas tellement maladroit! Maintenant, je ne trébucherais pas sur le sol, mais peut-être oui sur mes autres pieds. Qu’est-ce qu’on aurait d’en plus? Des mandibules puissantes ! Tellement puissantes que nous pourrions prendre trois cents fois notre poids avec eux, je commence à aimer être une fourmi !

Étant des fourmis on ne pourrait pas dire que nous sommes composés de tête, tronc et extrémités. Maintenant, nous devrions de nous considérer comme des individus composés de tête, thorax, abdomen et extrémités. Je n’aime pas ce nouveau abdomen, c’est pas beau à mon avis, mais peut-être on l’utilisera comme contrepoids à notre énorme tête. Les yeux, sur la tête j’espère, ils auraient une vision un peu pauvre, mais ils seraient aidés par la sensibilité de nos antennes. C’est pas vraiment satisfaisant ne pas voir plus qu’une taupe même en possédant des antennes. Car imagine-toi comme est-ce qu’on verrait des humains, ou comme est-ce qu’on ne les verrait pas? Nous serions tranquillement en train de balader avec quiconque, en s’amusant l’odeur des fleurs, en récoltant des fruits secs, des feuilles frais, en faisant des ragots et voilà! Quelque chose a écrasé mon amie! On sait pas que s’est-il passé, parce qu’on peut pas le voir, on a ressenti le vite mouvement du vent, et tout de suite une colonne de gomme et cuir a écrasé mon copain. Je pense qu’à ce moment je pourrais agir de deux façons différentes: ou bien, courir terrorisé en trébuchant sur tout, ou bien, fasciné par le violent et imprévisible succès, je monterais sur mon bousier, et oui ! Il serait mon cheval minuscule. Et on marcherait toute suite derrière de cette colonne de gomme et cuir qui a venu du ciel, de la même façon que les chasseurs de tempêtes. Je serais connu entre toutes les fourmis comme « le chasseur de colonnes ».

D’autre côté, étant une fourmi je voudrais être une de ces fourmis maories, celles qui ont la moitié de ses corps tatoués en rouge. Toutefois, les gens dissent que ces fourmis sont pas civilisées, qui mordent, piquent et griffent toute sorte de choses. Ils sont braves, je n’en débats pas, ils sont toujours en train de batailler avec des autres insectes et animaux. Au moins, si je ne peux pas être comme eux je voudrais être son ami.

La vérité est que je serais semblable à un Indiana Jones fourmi, un explorateur, l’avant-garde de la civilisation, cherchant des nouveaux ressources naturelles et trésors. Je découvrirais et justifierais de manière convaincante l’origine des colonnes de gomme et cuir. Et si je ne trouve pas cette explication, pas de problème, je dirai que depuis d’années en cherchant la réponse à ce phénomène, ce l’ouvre de Dieu. Un Dieu que j’inventerais et que j’appellerais Nono, et celui dont je serais son prophète. Peut-être les autres fourmis me nommeraient roi du nid. Je voudrais pas être nommé la reine, elles se deviennent grosses et sont toujours en train de mettre bas rejetons, une vie pas amusant.

Par contre, comme roi du nid, je mènerais mon peuple à la Terre promise ! (Ce qu’on appelle dépotoir dans notre vie humain). Là-bas, mon peuple disposerait de toute sorte de ressources, la nourriture jamais sera un problème, nous pourrions nous multiplier comme des rats, cependant là-bas nous devrions lutter contre les rats. Je n’aime pas les rats, je ne serais jamais une roi-rat. Bon c’est pas grave. Comme roi du nid, je décréterais un autre exode massif et cette foi on irait vraiment à la Terre promise ! Le parc à côté chez moi, par exemple. Mes sujets n’auront pas besoin de savoir si cette Terre promise existe ou pas, parce que seulement moi a été touché par Dieu, et seulement moi connais les mots de Dieu ! Et celui qui doute, avec les rats !


Quoi qu’il en soit, nous finirions pour arriver à un lieu idyllique où il y aura beaucoup de végétation pour se protéger des colonnes de gomme et cuir. Un petit étang fournirait d’eau notre communauté, et ses berges seraient le lieu de jeux et de détente pour les gamins-fourmis et les grands-parents-fourmis. La terre mouillée nous permettra excaver une fourmilière suffisamment grande et confortable pour tous. Jusque les vers de terre nous montreraient que nous ne sommes pas seules. Mais ce jour-là, nous n’échapperions plus. Nous lutterions !


miércoles, 26 de agosto de 2015

Imagina que fueses una hormiga

Imagina que fueses una hormiga. Formarías parte de una sociedad aun mayor que de la que ya formas, es decir, el ser humano. Tendrías muchas diferencias con respecto a tu antiguo ser, estas diferencias serían solamente fisiológicas ya que conservaremos para esta ocasión todos los atributos que creemos poseer solamente los humanos, los que conciernen a la psicología. Tendríamos seis patas, digo tendríamos porque yo también sería una hormiga. Como decía tendríamos seis patas, comparado con nuestro antiguo cuerpo nos sobrarían dos, bueno dos… si consideramos patas los brazos, si no, nos sobrarían cuatro. Pero no seamos negativos, con esas cuatro patas de mas tendríamos mucha mas estabilidad, ya no sería tan torpe, ya no me tropezaría tanto, al menos con el suelo, aunque quizás sí con mis otras piernas. ¿Que más tendríamos? Una mandíbula poderosa. Tan poderosa que podríamos aguantar unas trescientas veces el peso de nuestro cuerpo con ellas, me empieza a gustar esto de ser hormiga.

Ya no podríamos decir que estamos formados por cabeza, tronco y extremidades, ahora deberíamos de considerarnos como individuos compuestos por cabeza, tórax, abdomen y extremidades. Este nuevo abdomen no me mola mucho ya que nos hace un poco culones, pero bueno, no todo van a ser ventajas, y quizás nos sirva para compensar el enorme cabezón que tendríamos. Los ojos, en la cabeza por supuesto, tendrían una visión limitada pero se verían compensados por la sensibilidad que nos darían las antenas. Pero claro por mucha sensibilidad que tengamos en las antenas no me resulta del todo satisfactorio no ver más que un topo. ¡Porque claro!, imagina como veríamos a los humanos, o como “no” los veríamos, de repente iríamos tranquilamente caminando con fulano por el campo, disfrutando de las flores, de los frutos secos, de nuestras hojitas, contándonos las anécdotas del día y ¡pum!, ¡algo ha pisado a fulano! No sabemos que es, porque no lo podemos ver, solamente lo hemos sentido, hemos sentido que un viento se ha levantado rápidamente, y de repente una columna de goma y piel ha aplastado a mi colega. Yo supongo que en ese momento podría actuar de dos maneras opuestas: o correr despavorido tropezándome con mis seis patas a las cuales aún no me habría acostumbrado, o fascinado por el suceso tan violento e impredecible cogería mi escarabajo pelotero, ¡sí!, sería mi coche-hormiga; y saldría corriendo detrás de esa columna de goma y piel que ha caído del cielo, tal cual como hacen los cazadores de tornados. Sería conocido entre los míos como “el cazador de columnas”.

Por otro lado, siendo una hormiga me gustaría ser una de esas hormigas maoríes, de las que se tatúan medio cuerpo de rojo. Aunque ese tipo de hormigas me han dicho que no son tan civilizadas, que van por ahí picando, mordiendo y arañando otras cosas. Son valientes, eso no lo discuto, se enfrentan a menudo con todo tipo de animales. Al menos me gustaría ser amigo de alguna de ellas.

En verdad sería algo parecido a un Indiana Jones de las hormigas, un explorador, la avanzadilla de la civilización, buscando nuevos recursos y tesoros, descubriría y daría un razonamiento convincente al porqué de las columnas de goma y piel. Y si no encuentro la explicación, no pasa nada, después de pasar años buscando la respuesta, volvería diciendo que son obra de Dios, un Dios que me inventaría y al que llamaría Nono, y del cual yo sería su profeta. Quizá me nombrasen rey del hormiguero. No me molaría ser reina del hormiguero, se ponen gordas y no hacen mas que parir retoños, sería una vida muy aburrida.

Pero como rey del hormiguero llevaría a mi pueblo a la tierra prometida, aquello que en nuestra vida humana llamamos vertedero. Allí, mi pueblo dispondría de todo tipo de recursos, el alimento nunca nos faltaría, podríamos multiplicarnos como ratas, aunque en verdad allí tendríamos que luchar contra las ratas, las ratas no me caen bien, nunca sería un rey rata. Bueno no pasa nada. Como rey del hormiguero podría volver a decretar otro éxodo masivo y esta vez sí que iríamos a la tierra prometida, ¡la verdadera! El parque de al lado de mi casa humana, por ejemplo. Mis súbditos nunca tendrían porqué saber si existe o no la tierra prometida, porque ¡a mí y solo a mí! me dijo el Dios Nono donde estaba esa tierra prometida. Y al que dude que se vaya con las ratas.

De cualquier manera acabaríamos llegando a un lugar idílico donde hubiese mucha vegetación que nos protegiese de las columnas de goma y piel. Un pequeño charco abastecería de agua a toda la comunidad, donde sus riveras servirían de lugar de recreo para niños-hormiga y abuelos-hormiga. Donde la tierra húmeda nos permitiese excavar un hormiguero suficientemente grande y confortable para todos. Hasta que las lombrices nos revelasen que no estamos solos. Pero llegado ese día, ya no volvería a huir.


En el próximo capítulo Las guerras lombrices.


lunes, 20 de julio de 2015

La Maddalena (français)

La première fois que j’ai vu la neige j’étais à Madrid et j’ai pleuré. J’ai pleuré de joie et d’émotion parce qu'en habitant à Mérida je n’avais vu la neige que dans les films, ce fut donc une expérience nouvelle et imprévue.

Néanmoins Les Alpes n’étaient pas enneigés quand nous les avons traversées.  Comme des petites fourmis, nous avons commencé, deux jours avant, aux pieds des Alpes Maritimes italiennes. Avec nos vélos nous avons fait de grands efforts pour arriver au Colle della Maddalena vers Cuneo sans penser vraiment à nous. De sorte que mon corps était tombé malade où nous sommes arrivés au sommet.

Le deuxième jour de repos, lorsque je me suis réveillé, j'avais suffissamment récupéré, j’ai donc proposé à mon cousin de louer une voiture et d’explorer les autres cols de montagnes proches. Ce fut le jour où je suis tombé amoureux des Alpes. Moi, qui n'étais pas habitué aux montagnes et à la mer, je ressens une grande attraction pour ces deux merveilles de la nature quand je peux y aller.

Les montagnes des Alpes, qui, enneigées en hiver, sont comme une fiancée avec sa robe de mariée, impeccables et aveuglantes dans leur blancheur. Elles sont encore plus belles en été, puisque nues et dépourvues de leur robe de neige, elles se montrent comme une femme lors de son voyage de noces, pleines de l'immensité des couleurs propres à son corps nu.

Et nous, en les montant et les descendant par ses courbes comme deux époux vierges de hauteurs, nous admirions chaque tournant du chemin ; en nous arrêtant à chaque pli de son corps ; en faisant l’amour aux couleurs de la roche avec nos visages, qui changeaient à chaque virage et sous les ombres des nuages ; nous pouvions seulement nous rendre à l’évidence de leur beauté.

En nous reposant à côté des lacs qui gèlent et dégèlent, disparaissant à chaque saison, comme des gouttes de sueur qui remplissent le nombril de deux amants qui font l’amour, nous avons compris que là était la raison du voyage, c’est-à-dire connaître l’accablante immensité du monde et sa grandeur de dans petits recoins comme celui-ci.


Nous montons du Col de la Cayolle au Col d’Allos, qui comme deux mamelons immobiles faisaient les sommets de cette figure féminine, pour redescendre jusqu'aux forêts du Lac de Castillon, le pubis de notre fiancée alpine que j’avais nommée Maddalena pour avoir été elle la première grande montagne de notre voyage.